Por  Nicola Cerantola, Fundador de Ecologing

Algunos días, de repente, en tus momentos «sociales» en internet, cuando menos te lo esperas ¡nooooooo! la ves. Ya se te estropeó el día.

Allí está, otra vez más. Sigue casi igual, lleva desde el 1995, más o menos, los mismos colores, aunque ahora está hecha con el photoshop. Se ha modernizado, casi mola gráficamente.

Es ella. Esa infografía inacabable, resistente al tiempo, eterna, tanto como sus dibujitos. Hablamos de esa imagen, que de vez en cuando, se encuentra por la red. Esa en plan: «¿Cuánto tardan en descomponerse los diferentes objetos en el mar?«. Es una pesadilla, en serio. Aquí la tenéis.decomposition-rates

Y a lo mejor alguien dirá: «pero ¿qué tiene de malo?»…pues es fruto del pecado, es fruto del desconocimiento hecho infografía. Vamos a ver, si puedo hacer reflexionar sobre ese mensaje…

Hay estudios que afirman que cada comunicación es persuasiva. Significa, que cada vez que abrimos boca o escribimos algo lo hacemos con un idea instintiva de convencer al oyente/leyente de nuestra idea, justo como yo ahora mismo. Es algo relacionado con la evolución humana. Bueno, el mensaje persuasivo de esa infografía es esto: «¡Uy cuántos años tarda una botella de plástico a degradarse, qué mal! ¿verdad? Lo que se enfatiza, o pone en evidencia es el tiempo de degradación, más tiempo peor, imagínense cientos de años, un drama; mucho mejor el aluminio que tarda 30 años ¿no?

Pues ¡no! ¡El mensaje se tiene que interpretar al revés! ¡Lo que menos tarda peor es!  ¿Por qué? porque tendremos menor probabilidad de recogerlo antes de que haga en millones de microparticulas y llegue a ser prácticamente inalcanzable. Algo que se biodegrada y desaparece a la vista, sigue allí con sus compuestos tóxicos dañinos, aunque no lo veamos flotando en el mar.

Por esta razón, esta infografía, lanza un mensaje que no es correcto, un mensaje muy ochentero, en que se consideraba el residuo visible el mayor problema, cuando es exactamente lo contrario.

Es lo que no se ve que mata, que destruye la vida. La bioacumulación de metales pesados (colillas: ejemplo de bomba química de la cual perdemos el rastro en 1-5 años) en la fauna marina y en nuestro cuerpo, por ejemplo, es gravísima y mucho peor de la botella de plástico que encontramos en la playa. Por lo menos, esa pieza, la podemos recoger y tratar de alguna manera ¿no creéis?

Tenemos que dejar de pensar en que la contaminación visual de los mares o las calles sea el problema mayor, es lo que se dispersa y se absorbe en el ambiente lo que mayormente amenaza nuestra salud y la de los ecosistemas. La biodegradabilidad, es decir la capacidad de ser descompuesto en elementos microscópicos por la fuerza de la naturaleza (bio), no es siempre buena, depende de lo que se queda. Porque si el resultado es, que sustancias tóxicas se queden de manera prácticamente invisible en nuestros entornos, pues tenemos que empezar a pensar en otros términos, abrir los ojos sobre lo que nos cuentan o que nos venden por «ecológico».

El problema de esta manera de ver la cosas, es que nos lleva a tomar decisiones poco informadas a la hora de diseñar o comprar productos, desvía la opinión pública hacia un visión parcial del problema que hace más mal que bien. Como hablamos en el post anterior sobre el diseño de la cuna a la cuna, si falta la visión de conjunto, lo que obtenemos, son prendas y complementos que se venden o promueven como “Eco” pero que no lo son. El hecho que una prenda se biodegrade y desaparezca de la vista, nos debería llevar a reflexionar sobre ¿qué se queda de ese material? de ahí la importancia de ser sistémico, en nuestra manera de interpretar todo lo que vemos compartido en la red, como “Eco”.

Dejamos los ochentas, por favor, fueron años muy buenos para muchas cosas pero para éstas en concreto ¡mejor miramos al futuro! ¿No creéis? y por cierto, si la veis por allí, ayudadme a luchar ¡a ver si ganamos la batalla entre tod@s! 😛

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Imagen: Flickr

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